Toque la puerta, y me dejaste
entrar, no tuve que insistir… lo que vi fue a ti llena de inocencia, de
ingenuidad, de luz y amor. Venia vestido de ruidos que gritaban la oscuridad de
mis secretos, pero esos gritos solo pueden ser escuchados por el oído de la
intuición, pero tu… eras tan inocente, eras tan luz que no podías escuchar. Entré
con mis monstruos caminando sigilosos, veía tu entusiasmo tu amor, tu
fragilidad… y eso me gustó, me hiciste ver desde un principio que no eras
común, que eras más de lo que yo merecía, que eras eso que me hacía sentir
grande pero el peso de mi sombra no me dejaba subir donde estabas tú, eras
imposible para mí, no te merecía.
Fuiste capaz de asustar a mis
monstruos con cada sonrisa, con cada una de tus miradas, con cada una de tus
sabias palabras, eras tú contra ellos, te temían porque ante la luz la
oscuridad siempre se desvanece.
Entonces ¿por qué toque tu
puerta? Seguramente porque escuche la voz de Eros diciendo que tú eras
diferente, que tú eras a quien necesitaba. Sin embargo, mis heridas me
recordaban que no te debía tener.
Intente irme sin decir nada,
intente salir por la puerta pero… no podía dejar tu fragilidad expuesta a tanta
rudeza, no ibas a cerrar la puerta tan fácilmente, no la querías cerrar. Más de
una vez intente irme, no me dejabas y yo en el fondo no me quería ir, pero si
me quedaba tarde o temprano te iba a envolver en mi oscuridad, mis monstruos te
lastimarían… y eso fue lo que pasó.
Aun con heridas seguías ahí, sonriendo,
dando todo por mí… hasta tus últimos respiros por mí… como si no te importaran
las heridas, aun con dolor me querías, aun con mis demonios me abrazabas.
No quiero estar solo, no quiero
estar sin ti, mi locura necesita cordura… y eso lo tienes tú. Necesito risas
sinceras, te necesito a ti. Necesito hasta tu silencio, necesito hasta una
mirada, necesito de ti… cada palabra. Por favor, no me cierres la puerta… por
lo general eso lo hago yo… y contigo no lo puedo hacer.